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Kadir Barría sueña en grande (foto FEPAFUT).

Kadir Barría: El niño que sueña en grande y ya pisa el césped de los dioses

En el corazón de Panamá late un nuevo latido joven y poderoso. Kadir Barría, el delantero de 18 años que ha irrumpido como un rayo en el Botafogo de Río de Janeiro, llegó este martes a la concentración de la Selección Mayor con la mirada limpia de quien todavía no ha perdido la capacidad de asombrarse. Su voz, serena pero cargada de electricidad, reveló a los micrófonos un sueño que ya no es tan lejano: debutar con la camisa roja que tanto admiró desde la distancia.

Barría no es un nombre que Panamá conociera hace mucho. Hace apenas unos meses era un talento prometedor en las inferiores del Botafogo; hoy es el autor de goles en la élite brasileña y el elegido por Thomas Christiansen para integrar el plantel que enfrentará a Bolivia y México. “Tenía muchas ganas de conocerlo”, confesó sobre el técnico hispano-danés. “Me estaba explicando algunas cosas que tenía que mejorar, picar al primer palo… lo cambié y me fue excelente”. Palabras de un chico que escucha, aprende y ejecuta.

El ascenso ha sido vertiginoso, casi cinematográfico. Del anonimato a los titulares en Brasil y Panamá en cuestión de semanas. Pero Barría no se marea. “Me sale natural mantenerme humilde”, asegura, credencial que repite con la naturalidad de quien lo lleva en la sangre. Habla de psicólogos en el Botafogo que lo prepararon para la explosión mediática, de la familia que lo ancla, de la conciencia de que el fútbol da y quita en un pestañeo. “Es una oportunidad muy grande y tengo que saber aprovecharla”, sentencia.

Cuando le preguntan por el Mundial, sus ojos se iluminan sin disimulo. “Si se da, estaría súper más feliz. Sería un sueño realizado para mí, para mi familia”. No habla con la arrogancia de quien se cree predestinado; habla con la gratitud de quien sabe que el tren pasa una sola vez y él ya está subido. La posibilidad de estar en la próxima Copa del Mundo no lo paraliza: lo motiva.

En Panamá, la gente lo descubrió de golpe. “Mi familia me dice que salí en el periódico, que lo guarden porque es un sueño”, cuenta entre risas. Admite que no dimensionaba la repercusión hasta que pisó suelo patrio y sintió el cariño en la calle. “Se siente demasiado lindo”. Esa conexión inmediata con un pueblo sediento de nuevas figuras es el combustible que lo impulsa a seguir.

Su enfoque es tan simple como demoledor: trabajar como el primer día. “Uno no puede dejar de esforzarse más, querer ser mejor cada día”. No hay fórmulas mágicas, solo disciplina y hambre. En un fútbol donde muchos jóvenes se pierden en el ruido, Barría elige el silencio del esfuerzo constante.

La presión mediática, esa bestia que devora talentos, no lo toca. “Mi familia me mantiene tranquilo, me ayuda a no exponerme mucho”. Y ahí aparece la figura tutelar: Luis “El Matador” Tejada, su padrino, su faro. “De chiquito lo veía a través de él”. La emoción se le quiebra al recordarlo. En cada respuesta late el respeto por quien le mostró el camino y ya no está para verlo brillar.Barría observa a Waterman, a Fajardo, a Tejada en videos antiguos. Estudia movimientos, entiende partidos, decide cuándo jugar al pie y cuándo romper al espacio. Esa madurez táctica en un cuerpo de 18 años asombra. Y cuando recuerda la clasificación al Mundial de 2018, coincidente con su primer gol profesional, la piel se le eriza todavía: “Fue un día inolvidable… todo el mundo comenzó a saltar, a vibrar, ‘Panamá pasó al Mundial’”.

Davide Ancelotti le abrió la puerta del primer equipo en Botafogo; Martín Anselmi le imprimió velocidad y mentalidad ganadora. “Me gusta el fútbol rápido, reducido, que no nos rindamos nunca”, dice del actual técnico. Y revela un arma secreta: zurda y derecha igualmente letales, fruto de horas de trabajo en las inferiores. Un delantero ambidiestro, completo, hambriento.

Kadir Barría no llegó para pedir permiso. Llegó para quedarse. Con la humildad de quien sabe de dónde viene y la ambición de quien ya vislumbra a dónde puede llegar. Panamá tiene un nuevo hijo pródigo que sueña despierto y, sobre todo, que ya está haciendo realidad esos sueños. El futuro rojo ya tiene nombre y apellido. Y late muy fuerte.

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