Hoy el sol salió igual que siempre sobre el Istmo, pero algo falta en el aire. Hace exactamente dos años, un 28 de enero de 2024, el corazón de Luis Carlos “Matador” Tejada Hansell dejó de latir en una cancha humilde de Santa Librada, mientras hacía lo que más amaba: jugar fútbol. Tenía 41 años. Y desde entonces, Panamá no ha vuelto a ser la misma.
No era solo un delantero. Era el sueño hecho gol. El niño de los barrios pobres que se levantó con la pelota bajo el brazo y terminó convirtiéndose en el máximo goleador histórico de la selección nacional: 43 goles que aún resuenan como himnos en los corazones de millones. Cada uno de esos goles llevaba consigo la historia de un país entero: la lucha, la garra, la fe inquebrantable de que sí se podía.
El Matador no solo anotaba. Mataba dragones. Con su chilena imposible, con su cabezazo letal, con esa celebración de toreo que hacía vibrar estadios enteros. Era el hombre que cargó sobre sus hombros el sueño más grande del fútbol panameño: la clasificación al Mundial de Rusia 2018. Aunque el destino no le permitió gritar gol en esa cita histórica, él fue parte del milagro. Fue el símbolo de que Panamá podía mirar de frente a los gigantes.
Para Panamá, Luis Tejada significó esperanza. Significó que no importaba de dónde vinieras —de un barrio olvidado, de una familia humilde— si tenías talento y corazón, podías llegar lejos. Miles de niños en Chorrillo, en San Miguelito, en Colón, crecieron imitándolo. Madres que hoy nombran a sus hijos “Luis Matador”. Abuelos que cuentan una y otra vez el gol contra México, el de la Copa Oro, el que clasificó al Mundial. Él era el orgullo colectivo en un país que a veces se siente pequeño.
Dos años después, el vacío sigue doliendo. Duele como un estadio en silencio después del pitazo final. Duele como una madre que pierde a su hijo demasiado pronto. Duele ver a la selección jugar sin su número 18 en el campo, aunque lo lleven tatuado en el alma. Hoy las redes se inundan de fotos, de videos, de lágrimas contenidas. Hoy los homenajes vuelven a florecer: murales, camisetas, minutos de silencio. Porque el Matador no se fue. Vive en cada gol que marque un panameño, en cada grito de “¡Ma-ta-dor!” que retumbe en el Rommel Fernández.
Gracias, Matador, por enseñarnos a soñar en grande. Gracias por cada gol que nos hizo sentir invencibles. Gracias por ser Panamá cuando más lo necesitábamos.
Hoy lloramos. Mañana también. Pero siempre, siempre, te llevaremos en el pecho.
Descansa en paz, ídolo eterno. Tu legado nunca morirá. Punto y pelota. Mentira no es…
