Croacia llega a Toronto con el peso de su propia leyenda. Durante años fue el equipo que parecía no tener techo, el que convertía la experiencia en un arma y la resiliencia en una forma de juego. Sin embargo, la contundente derrota ante Inglaterra (2-4) dejó al descubierto que esa armadura ya no es tan impenetrable como antes.
Su principal fortaleza sigue siendo la calidad y el entendimiento colectivo de su mediocampo. Aunque el tiempo ha pasado factura a Luka Modrić, su capacidad para ordenar el juego, asociarse y encontrar pases entre líneas sigue siendo de elite cuando está inspirado. A su alrededor, Croacia conserva jugadores con criterio y recorrido que le permiten controlar el ritmo del partido cuando logra imponer su estilo.
Otra de sus virtudes históricas es la solidez estructural. Croacia rara vez se desordena. Defiende con orden, suele ser compacta y cuenta con futbolistas capaces de leer las situaciones defensivas con inteligencia. Esa disciplina táctica, sumada a una mentalidad competitiva forjada en grandes torneos, le ha permitido competir incluso cuando no es el equipo más dominante.
Sin embargo, esa misma Croacia que intimida por su historia comienza a mostrar grietas importantes.
La más evidente es el paso del tiempo. El núcleo de jugadores que sostuvo al equipo en los últimos Mundiales ha envejecido de forma notable. Esa madurez que antes era una ventaja ahora se convierte, en partidos de alta intensidad, en una limitación física. Cuando el rival presiona con ritmo y agresividad, Croacia ya no recupera tan rápido ni sostiene el esfuerzo durante los noventa minutos con la misma autoridad de antes.
Otra debilidad que se ha hecho visible es su menor capacidad de reacción cuando pierde el control del partido. El equipo balcánico depende en gran medida de su orden y de la posesión. Cuando un rival le niega tiempo y espacio, y lo obliga a jugar hacia atrás o a forzar pases largos, su estructura puede resquebrajarse con relativa facilidad.
Además, Croacia ya no cuenta con la misma profundidad de plantilla que en ciclos anteriores. Si el once inicial es superado o si algunos de sus referentes bajan su rendimiento, las alternativas no siempre logran mantener el mismo nivel de exigencia.
El Croacia que se medirá a Panamá el próximo martes ya no es el equipo casi invencible de antaño. Sigue teniendo jerarquía, experiencia y jugadores capaces de decidir un partido en un momento de inspiración. Pero también llega con fisuras visibles: un plantel más cansado, menos intenso en la presión y más vulnerable cuando es obligado a correr y a defender en campo propio.
Panamá tendrá enfrente a una selección que aún puede lastimar, pero que ya no intimida como antes. Y en ese equilibrio inestable entre grandeza y fragilidad, quizás resida la verdadera oportunidad del equipo centroamericano.
